Estaba esperando el último tren de la línea San Martin.
Había sido un día típico; la mañana calurosa, calles cortadas por manifestaciones, aumento del dólar, otra llegada tarde al laburo con amenaza de despido, y por la noche, frío.
Lo único que quería, era subirme al vagón y poder viajar tranquilo. Un sueño difícil de cumplir en hora pico, ahí tenes que estar con mil ojos para que no te afanen, y encima, durante el trayecto te la pasas tenso, tratando de evitar el roce con alguna mujer para no vivir una situación de mierda.
Desdé la tragedia de Once, prefería viajar en los últimos vagones, aunque aveces tiene sus desventajas, porque hay que aguantarse a grupitos de pibes haciendo de las suyas en el furgón. Basto que arrancará para que el humo del “fasito” empezara a inundar el ambiente. El olor era insoportable, y el descaro que tenían esos pendejos, también.
El solo escucharlos me ponía nervioso.
—Dalee gil, arma bien ese faso. ¿Quién le enseñó a este?
—Cerra la boca gato, ¿qué te pasa? ¿tan piola vas a ser?
—Bueeno, que manga de giles que son loco, no nos vamos a pelear entre nosotros.
—Son re fantasmas. Che ¿te acordas de juancito? Lo picotearon todo el otro día, parecía un colador.
—Que se cague, eso le pasa por arruina guacho.
Cada tanto miraban para mi dirección y murmuraban. Faltaba que las luces del vagón empezarán a parpadear para que fuera la típica escena de una película de terror.
Después de media hora escuchando conversaciones sobre tranzas, flores, y del pedo que se había pegado uno que se llamaba Miguel, me di cuenta que los vagos se bajaban en José C Paz. Lo primero que pensé, era que estaba “regalado”
En la billetera no tenía un peso, pero el celular de cincuenta lucas que había sacado en cuotas, iba a dolerme hasta el año que viene, eso si contaba con algo de suerte y no terminaba en el hospital.
Apenas salí de la estación, empecé a caminar ligero hasta la parada del 440. Los del grupito seguían mis pasos, ya casi me estaban rozando la nuca, y podía sentir el olor a porro mezclado con alcohol, pero de repente, se desviaron para sentarse en la vía muerta con su “fasito”. Yo estaba nervioso, rogando que el colectivo llegara a horario. Por suerte, al rato apareció un muchacho, y por detrás una chica con la misma expresión de cansancio. Ahí me relaje un poco.
Del colectivo, ni señales, y los cabeza de termo no dejaban de observarme.
No quería sacar el celular del bolsillo, pero empezó a sonar. La idea de que podía ser mi vieja se me vino a la cabeza, así que atendí mientras daba la vuelta para ver a los pibes. Lo que llegue a escuchar de la llamada fue algo así como “ay hijo, ¿por dónde estabas? tuve un mal presentimiento”
Y después vino el golpe.
La voz de mi madre quedó suspendida en el aire, junto con los gritos desesperados.
No siento nada, pero estoy ahí. En algún lugar.
Veo sombras que se acercan, pero no soy capaz de reconocerlas. A lo lejos, escucho voces:
¡Que atrevido el guacho está re empedo! … ¿loco, loco estás bien? ahí llamo a la ambulancia aguanta amigo.
No sé si me hablan a mí. Pero reconozco el olor a alcohol y faso.
No amigo… la piba quedo abajo del coche ¡quédate quieto vos flaco, ahí viene la gorra mira lo que hiciste ¡como vas a manejar re dado vuelta!
Los dejó de escuchar y las luces de la calle se empiezan a apagar una a una. Mi cuerpo no pesa nada, y me abandono a la oscuridad.
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