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Desolado

 Desde que mi hijo Martin se fuera al extranjero y al año siguiente falleciera Rosa, mi  mujer, no iba seguido al pueblo. Pero esa mañana al levantarme y abrir la alacena, descubrí que no habían galletitas. ¿Cómo se me había pasado por alto la semana pasada? No sé, pero las galletitas eran las galletitas.


Agarre las llaves de la camioneta, y conduje por la pendiente que desembocaba en la ruta. Era una mañana normal; el sol se alzaba en el horizonte, paulatinamente, revelando una brillante esfera dorada. En ese momento, note que se veía más grande por la mañana, una apreciación que jamás había hecho, y surgió la curiosa necesidad de alcanzarlo. Me fijé en la intensidad del color naranja, y como parecía posicionarse al final de la ruta, esperando que lo alcanzara. Así de mágico. Pero la idea desapareció cuando me cruce con algunos animales de corral, sueltos a la vera de la ruta, completamente desorientados. Cualquier paisano, sabía que eso era un peligro... Seguí manejando alerta, y algo indignado, hasta la estación de servicio de Don Pablo. Estaba cerrada. Desde mis años viviendo por la zona, eso solo había pasado una vez, cuando su hija, Antonia,  terminó la secundaria. Menos mal que tenía el tanque medio lleno.


Se me dio por encender la radio, pero al cabo de unos minutos, no daba con ninguna señal.


Al llegar al pueblo tuve que frenar de golpe, la imagen que tenía enfrente, era completamente inusual. Tres camionetas entorpecían la circulación, me tuve que bajar porque no había forma de atravesar la entrada con mi vehículo. Empecé a caminar, y me encontré con un par de bicicletas tiradas al voleo. Cintia no estaba en su esquina, donde tenía el puesto, ni tampoco estaba Patricio, el diariero. Descubrí a Margarita, la perra callejera que todos los del pueblo se encargaban de cuidar, debajo de un carro cubierto de paja. Cuando me quise acercar empezó a ladrar como loca, y después salió corriendo, ¡estaba piel y hueso! Pero ¿qué pasó acá?, pensé.


No había nadie, los almacenes vacíos, la calles cubierta de basura, y en el centro de la plaza, me encontré con algunos animales esparcidos por todos lados, comiéndose uno a otros. No había nadie, como si simplemente hubieran retirado las piezas principales de un juego. 


Recorrí el Pueblo de punta a punta. El destacamento Policial, abandonado y con las armas dispuestas a simple vista, tome una y continúe revisando el lugar. Las escuelas desoladas, las casas vacías… no había rastro de humanidad. Me pare en el centró de la plaza, el sol se reflejaba en un tono rojizo sobre el suelo. Daba la apariencia de que todo se iba incendiar. Grité y solo escuché el eco de mi voz. 


Recorrí con angustia, varios pueblos aledaños y el panorama era exactamente igual. Encontré una cabina e intenté llamar a Martin, pero no tuve respuesta alguna, ni siquiera de los números de emergencia. En el local había un aparato de televisión pero no daba con ningún canal. 


Cada noche me acostaba y las preguntas surgían como espinas. ¿Dónde se fueron todos? ¿Por qué no hay cuerpos? ¿Alguien sufrió? ¿Martin sufrió? ¿Qué paso? Busqué durante días las respuestas, pero no las encontré. La comida se volvió escasa, y el tanque de nafta quedó seco.


Mi última vista al poner el cañón de la itaca en mi boca, es de un anaranjado atardecer. Diferentes aves invaden el cielo rojizo con su canto, y los animales acompañan la sinfonía.  Parece una despedida, incluso la del resplandeciente sol. 



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