M.E. AZUARA
Se despertó antes de sonar el timbre de la alarma matutina.
Se enfundó en su ropa de ejercicio y salió a correr igual que todos los días.
Meses atrás, al iniciar la rutina, resoplaba y se quejaba
cada cien metros, ahora recorría cinco kilómetros sin apenas sudar. Regresaba a
su casa dando pequeños saltos de triunfo.
Daba tres vueltas por el parque, saludando a los recurrentes
y esquivando a los novatos que no sabían usar correctamente la pista. Cada
minuto que ganaba, lo llenaba de orgullo.
Este día decidió ir por todo, rompería su propio récord, así
que aceleró el paso forzando su cuerpo más de lo acostumbrado, sentía los
músculos tensos y la respiración agitada, dándole una sensación de triunfo por
sobrepasar sus límites. De pronto, su corazón palpitante le pidió detenerse; él
se resistió; su corazón insistió e insistió dando señales para que parase,
hasta que marcó el contundente alto final.
Él se detuvo justo frente a la tamalera y, con el corazón complacido,
pidió para llevar un rico champurrado y una guajolota de tamal de mole.
Esto es lo que yo llamo una historia con final feliz.

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